miércoles, 18 de enero de 2017

Mi vida había cambiado, fue ese impacto de terminar con la angustia que no se borrará nunca.

La Angie era una mascota fuera de lo común, para ser una gata. Siempre me acompañaba a todos lados, a todos. Si hubiese podido y no hubiera temido de los ruidos de los autos habría ido conmigo a clases o a trabajar, era así. Casi siempre dormíamos espalda con espalda, y durante las noches me observaba o más bien vigilaba, a veces yo abría los ojos y me estaba mirando fijo. Otra veces, iba y me daba un beso en la nariz y se acostaba. También cazaba todos los bichos de la pieza, me salvó de varias picadas de arañas y zancudos. Me llevaba regalos vivos, lo que no era lindo para mí pero para ella parecía importante. Tenía distintos maullidos para cada cosa, y a veces simplemente me contestaba a lo que yo le preguntara, pero solo en tono de pregunta, no era que maullara al azar. Le cargaba el calor, se ponía mal genio como yo y me gritaba como diciendo que era mi culpa. Odiaba a los perros, nunca les tuvo miedo y cuando salió por primera vez al patio no dudó en pegarles e ir donde ella quisiera. Vigilaba la casa de otros gatos, y también se asomaba por si venía alguien. Nunca le tuvo miedo a los golpes o alguna amenaza si hacía algo malo, porque yo no la crié así, cuando la retaba me hacía cariño, no entendía el concepto de que morder las carteras estaba mal. Jugábamos a las escondidas pero la mayoría de las veces era ella sola la que jugaba y me asechaba como gata psicópata. Quería a todos en la casa, pero solo cuando yo no estaba,porque cuando llegaba no importaba que afuera hubiese lava , truenos, zombies, para ella yo era lo mejor y si estaba ahí todo bien. Cuando viajaba, me esperaba fuera, siempre en el muro,  y si no llegaba entraba a dormir resignada, no comía mucho. Ya cuando regresaba se hacía la indignada por un par de minutos, luego se acordaba que me había extrañado y me hacía cariño como nunca. Ella siempre esperaba a que yo volviera, pero ese día no me volvió a ver llegar.  

Era un sábado como cualquier otro, pero yo estaba inexplicablemente más feliz que siempre. Desperté con la Angie al costado, estirada como siempre, la saludé y le dije que era hora de levantarse. Se estiró y se bajó de la cama para comer, yo me levanté e hice mis cosas de siempre. A eso de las 09:30 am  me pidió salir como de costumbre le abrí la puerta pero antes de que se fuera la miré y le dije "cuídate" me miró con cara de amor y saltó por el muro. Me fui a trabajar.
Llegué contenta a la tienda, le conté a mi jefa que iba a quedarme en Viña trabajando, estaba feliz porque la Angie y yo estaríamos juntas ya que ella realmente la pasaba mal si no estaba. Ya a la hora del cierre me fue a buscar mi pololo, fuimos a comprar un par de cosas para hacer tacos. Cuando llegué a la casa saludé a los perros, y vi a la Minina, mi otra gata, esperé un rato a que llegara la Angie pero como no pasaba nada le pregunté a mi padrastro si la había visto, me dijo que hacía poco había estado en el muro.

Aquí haré un alto, todo lo descrito anterior fue hace un poco más de un año, para mí ha sido tan difícil continuar este texto, que lo abandoné. Ahora continuaré recordando, pero con un poco menos de dolor.

Lo que siguió después de que la Angie desapareciera solo fue desesperación, la busqué sin parar en medio de la noche en el cerro, gritaba su nombre esperando respuesta, como solía hacer ella si llegaba a alejarse de casa. Me resigné a que en la oscuridad no la podía buscar. Mi pololo me decía que llegaría en la noche, que quizás solo se había alejado un poco más, traté de estar tranquila pero no dio muchos resultados. Mientras dormía, tuve la sensación de que había  vuelto pero al despertar no estaba, aún era demasiado oscuro para salir a buscarla. Me resigne hasta que amaneciera.

Cuando al fin vi la luz de día, tipo 05:45 am, me vestí y salimos a buscarla. Baje hacia el cerro y veo los perros de la vecina rondando, les dije ¿Qué hacen acá? y movían la cola, cuando miré cerro abajo vi lo que no quería ver, vi mi mayor miedo hecho realidad, la Angie estaba muerta, tirada y con el pelaje pegoteado por saliva de perro. Me tiré cerro abajo y grite con todas mis fuerzas, no podía creer que eso estaba pasando. En ese momento, recordé la primera vez que la vi, cuando mi mamá la trajo en un calcetín de polar. Recordé su pequeña carita, recordé cuando la llevé al veterinario, recordé cada momento con ella desde su mes y medio de vida. Y no lo creía, no creía que mi gatita a la que había criado con tanto amor  durante casi 6 años se hubiera ido porque una vecina irresponsable no tenía encerrados a sus perros. Ahí mismo, sentí que me moría por dentro. Lo siguiente fue enterrarla casi pensando que la situación no estaba pasando, estuve en shock mucho rato, actuando casi por inercia.

Ha pasado más de un año, y aunque estoy mejor, aunque ya no lo recuerde tanto sigue habiendo un vacío en mi corazón. No sé bien como explicar, pero es como que aún no pudiera llenarme. La Minina aún está junto a mi, pero es que ningún animal reemplaza a otro, cuando ella algún día se vaya, también me sentiré igual. Quizás más tranquila, ya que espero que su partida sea de forma natural y no accidental.

La Angie siempre estará en mi corazón, y aunque suene de locos, de verdad creo que ella está conmigo donde sea que vaya. Realmente espero volver a verla algún día, en otro lugar.